La despedida del último bolchevique boliviano. Guillermo Lora enseñó con su ejemplo el sendero de la revolución y dictadura proletarias. Su obra, reunida en 67 tomos, es una de las joyas más indispensables de la historia del movimiento obrero boliviano.
martes, 23 de noviembre de 2010
domingo, 14 de noviembre de 2010
CÉSAR VALLEJO, POETA REBELDE
El 16 de abril se cumple el veinticinco aniversario de la muerte de César Vallejo, acaecida en París en 1938, después de haber agonizado largamente con los reveses de la revolución española y las traiciones y la vileza del stalinismo.
Vallejo sobre todo fue un poeta. Llevó, en frase enérgica, fulgurante y bella, a la literatura la tristeza inconsolable del indígena; tristeza que no es producto telúrico, como piensan algunos, sino el resultado de siglos de explotación y de ignominia.
En "Tungsteno" nos presenta el antagonismo entre la alegría de los campesinos del comunismo primitivo y la tristeza y el
dolor que les anima cuando se convierten en proletarios y en parias perseguidos por el gamonalismo y por los trust imperialistas. Para gloria de la poesía latinoamericana eleva al indigenismo a las más altas cumbres y, por esto mismo, no cae en el folclorismo. Nadie mejor que él demostró que la revolución es el punto culminante de la belleza y de la poesía.
Fue discípulo de J. C. Mariátegui, su vida es un ejemplo de incondicional adhesión a la causa del pueblo y del proletariado.
Que sepan los que engordan traficando con la palabra del comunismo, Vallejo dio todo al movimiento revolucionario y no pidió nada, ni siquiera el halago ni la crítica de compadrerío. En cierta ocasión escribió "soy harto avaro de mis cosas inéditas", porque sabía bien de la mezquindad y chatura de los literatos profesionales.
El stalinismo ha creado una nueva impostura al sostener que el peruano César Vallejo era uno de sus parciales. El poeta revolucionario, como todo inconformista, era orgánicamente un enemigo de la corrompida burocracia. Al igual que para Mariátegui, para él Rusia siempre estuvo unida a los nombres de Lenin y de Trotsky, esto incluso en la época de la histeria anti-trotskysta.
Él y su maestro habían bebido los principios de la teoría del arte en los escritos de ese gran estilista que era León Trotsky, al que siempre, a pesar de todo el lodo que echaba la burocracia, supieron rendir el debido homenaje. Constituye un ultraje sostener que Vallejo hubiese tenido siquiera ligeras simpatías hacia la burocracia. Sabemos que los epígonos del Kremlin saben, con ayuda de su poderosa maquinaria de publicidad, aprovecharse de los muertos y prostituir su obra. Existen testimonios evidentes del anti-stalinismo de Vallejo.
En 1931 publicó su libro "Rusia en 1931, reflexiones al pie del Kremlin" y la nota editorial sostiene enfáticamente "Vallejo no tiene ninguna relación más o menos escabrosa con las instituciones soviéticas. Por eso los juicios que da en esta obra son los libres e imparciales de todo hombre honrado" (lo que viene a destruir el extremo de su dilación stalinista). este importantísimo documento -no es casual que las grandes editoriales de la burocracia no lo hubiesen reeditado jamás- contiene agudas observaciones acerca de los lados negativos de la URSS: de su incipiencia técnica; de los obstáculos creados por la creciente burocratización, etc. Cuando habla de los grandes hombres cita a Trotsky (página 134). Cuando habla de la economía soviética recurre a Lenin y Trotsky: "hay que tener mucho cuidado -decían ya Lenin y Trotsky durante el comunismo de guerra- con aquello de capitalismo de Estado..." (página 138). Se mantiene fiel al marxismo cuando sostiene "que mientras el Estado exista, la libertad será imposible" (página 144). Al justificar a los métodos de la revolución vuelve a Trotsky: "Una revolución sin terrorismo -ha dicho Trotsky- no es una revolución" (página 152).
Sus bellos poemas no contienen ni siquiera una alusión a Stalin, "el genio de la poesía", según los sirvientes de la burocracia.
Que sepamos nunca el stalinismo atacó a Vallejo; simplemente lo soportó, como soporta actualmente a ese gigante de la pintura que es Picasso.
La grandeza de Vallejo se agiganta frente al servilismo de los escribas a sueldo del stalinismo. César Vallejo es el revolucionario rectilíneo frente a la obsecuencia y la volubilidad de Neruda, por ejemplo.
De "Masas" - N° 210, La Paz, 9 de abril de 1963
Fernando Ramírez Velarde y el espejismo de la alfabetización
SOCAVONES DE ANGUSTIA
El manejo del tema minero en "Socavones de angustia" nos lleva al convencimiento de que su autor vivió en las minas. Hay datos, vivencias, tomadas de primera mano, lo que ciertamente facilita la creación literaria. Esto no quiere decir que el creador de la gran novela minera tenga que ser necesariamente un minero, minero ocasional o de por vida. El talento literario a veces puede ser mejor cultivado al margen de la agotadora faena del minero.
"Socavones de Angustia" tiene muchos aciertos y abundan los destellos de belleza, pero todo queda ahí, como si se tratase de un esbozo que no ha logrado convertirse en la epopeya de la clase obrera.
Se trata de una novela de la pre-guerra chaqueña. Hay que advertir que hasta ese momento la clase obrera ya vivió parte de su historia. Los mineros conocieron las convulsiones de Pulacayo, Corocoro, Huanuni, etc. Los trabajadores bolivianos sangraron generosamente en la masacre de Uncía de 1923, para afirmar su derecho a asociarse. Cuatro congresos obreros nacionales constituyeron los primeros pasos hacia la conquista fundamental de la independencia de clase, hacia su transformación en partido político (menudearon las experiencias de partidos socialistas). La enconada lucha entre marxistas y ácratas estaba llegando a su fin a través del aniquilamiento de éstos. Los activistas y el Secretariado Sudamericano de la III Internacional habían ya penetrado en los cuadros obreros.
Es en este momento que Ramírez Velarde escribe su novela, pero las connotaciones de este interesante y convulsionado período de nuestra historia no encuentran eco en sus páginas. La influencia socialista es demasiado débil e indirecta en "Socavones de Angustia". Y la gran novela minera no podrá escribirse al margen de la existencia real de la clase, que es el presente vigorosamente entroncado en la historia pasada.
Con referencia a las producciones literarias analizadas hasta esta altura, "Socavones de angustia" muestra la gran novedad de describir a los obreros en sus mismos lugares de trabajo, en las diferentes formas de laboreo de la mina. Este es un acierto, porque al trabajador se lo conoce mejor sabiendo cómo emplea su energía muscular, cómo se vincula con los otros obreros, qué tipo de relaciones mantiene con los capataces y patrones.
Hay descripciones muy acertadas, como aquella que se refiere al obrero prendido, como si fuera una descomunal araña, en la lluska, ese enorme tajo en la montaña, que es, a su vez, inicio del abismo sin fondo, todo para poder cumplir la tarea suicida de extraer estaño; el campesino tornado en minero es finalmente tragado por la tenebrosa profundidad que tuvo a sus pies en todo momento, Ese obrero murió asesinado por la sed de jugosas ganancias del empresario.
En Ramírez Velarde están los obreros, con sus sufrimientos, sus pasiones, sus esperanzas, más como todos los mortales, por otra parte, sigue ausente la clase.
El minero de "Socavones de angustia" es rudo, continúa siendo campesino, muy primitivo, puro instinto. Es tan primitivo ese obrero que ni siquiera logra, esto alrededor de los años treinta, constituir sindicatos. Las acciones de los trabajadores son esporádicas, elementales y su reunión en asociaciones es puramente ocasional. El sindicato no es presentado como la respuesta a una necesidad, sino, en cierta manera, como algo artificioso y producto de la propaganda interesada.
Otro de los méritos de Ramírez Velarde radica en que describe el peregrinaje de los obreros por minas de diversa importancia: pequeñas, medianas y grandes. Sin embargo, estos trabajadores que pasan de una empresa a otra siguen siendo los mismos, parecería que no hay diferencia entre los explotados que trabajan junto a un pequeño patrón y aquellos que viven y laboran en grandes concentraciones humanas. A pesar de que Ramírez conoce la mina, se percibe mucha superficialidad en sus observaciones. Una mina chica se parece muy poco a una gran empresa.
Los grandes movimientos sociales, las orientaciones fundamentales del movimiento político y sindical vienen de las grandes minas; las pequeñas, en las que casi siempre tiene un peso decisivo el semi-proletariado, cuyo rasgo fundamental es la no diferenciación nítida entre pequeño labrador y asalariado, generalmente constituyen un pesado fardo que hay que arrastrar en la lucha sindical.
Anotemos otro acierto de Ramírez Velarde. En "Socavones de angustia", la mujer obrera, la palliri, aparece totalmente integrada al trabajo de la mina y también a las inquietudes y actividades sociales y políticas de los trabajadores. Esto corresponde a la realidad. Las mujeres mineras, inclusive cuando no figuran en las planillas de la empresa, como sucede en la actualidad, se distinguen por ser magníficas activistas en las luchas proletarias y políticas. En este plano, de una manera natural la igualdad entre los sexos ha avanzado muchísimo. Con todo, sería idealizar demasiado el indicar que el minero ha dejado de ser machista. Tal vez por su directo entronque con el campesinado toma muy en serio su papel de jefe de familia y no se cansa de golpear a su compañera de una manera despiadada. La experiencia enseña que la mujer trabajadora avanza osadamente en el camino de su emancipación en la misma medida que se libera económicamente, que es uno de los elementos que hace posible la libertad sexual.
Los personajes principales de "Socavones de angustia" son campesinos que pasan por las minas buscando reunir algún dinero para luego retornar a sus lares y volverse pequeños propietarios. Como en muchos otros escritores, en Ramírez Velarle el verdadero drama es el drama de los campesinos. Encontramos páginas magníficas que describen con acierto la vida del campo y la servidumbre impuesta por el gamonalismo. La familia campesina tiene que soportar opresión, ultrajes y persecución permanentes. El gamonalismo es un monstruoso aparato de tortura brutal y, por esto mismo, palpable.
La estructura de "Socavones de angustia" corresponde a una novela orgánica y el autor tiene el tino de no hacer propaganda, sino de diluir sus ideas en el propio desarrollo del relato. Sólo algunos pasajes parecen responder a un esquema preconcebido.
Parecería que el autor quisiera describir, más que a las minas y a los mineros de su época, los inicios de la industria y los primeros pasos que tuvieron que dar los trabajadores antes de adquirir los elementos más rudimentarios de conciencia clasista. El resultado es un barroco en que entremezcla ese pasado lejano con la realidad de la pre-guerra y torna, en cierta manera, ficticia e incomprensible la novela.
El escritor parece no comprender que tedo lo que hacen los obreros (no como individuos, sino como masa multitudinaria, que no debe considerarse como una simple suma de aquellos), se traduce en experiencia que no desaparece, que en ciertos momentos de la vida de la clase se acurruca como fuerza potencial en la subconsciencia, siempre presta a aflorar en la menor oportunidad propicia. Este es el mecanismo secreto del aprendizaje de los explotados, en cuyo seno los analfabetos tienen peso decisivo. Los agitadores, los partidos políticos, si están bien orientados, no arrancan sus consignas y su prédica de la nada o simplemente de los textos clásicos; más bien traducen en fórmulas políticas lo que es ya instinto y tendencia en las masas, para las que lo decisivo es la acumulación de su propia experiencia. Agitadores y políticos cumplen la tarea fundamental de generalizar lo logrado en las batallas cotidianas de ciertos sectores de la clase.
Contrariamente, en Ramírez Velarle todo es dicho por primera vez y de manera definitiva; se percibe que está seguro que la prédica maléfica de los políticos puede llevar no importa por qué caminos extraviados a los trabajadores. Las cosas suceden de otra manera. El más genial de los agitadores puede lograr que prenda su prédica en las masas sólo cuando éstas han madurado para aprehender las ideas que les son lanzadas. Lo decisivo no son los folletos y discursos, sino el grado de madurez alcanzado por los explotados .
Por los años treinta la existencia de sindicatos luchando era algo que se veía y se tocaba por todas partes y este hecho influenciaba decisivamente en la vida y en la sicología de los trabajadores.
Si recordamos las novelas anteriores sobre la mina, Ramírez resulta ser el primero en referirse a la huelga. Es en este punto donde aparecen todos los aspectos débiles del escritor y que tienen mucho que ver con sus propias ideas políticas, con su ideología, que él la declara "apolítica" .
En "Socavones de angustia" la huelga es presentada como un fenómeno extraño a los obreros, a la misma clase, como algo malo que sólo trae aparejada desgracias. Si estalla la huelga es por la incitación de algunos elementos vinculados con el comunismo. Se dice todo esto cuando se presenta el fenómeno social como si estuviera dando sus pasos iniciales. Acaso lo peor consiste en que el autor no percibe que la huelga transforma profundamente a los obreros, lo que se explica porque se comienza por presentarla como un fenómeno externo a los propios protagonistas.
La huelga es un método de lucha que ha sido creado espontáneamente por los explotados, cuando se vieron colocados frente a la necesidad de descargar todo el poderío de su fuerza contra los patronos, buscando imponerles sus propias decisiones. Se trata de una auténtica creación de las masas puestas en extrema tensión y de una forma de lucha, la más importante, que les es propia. Hay que subrayar que los intelectuales y los políticos profesionales no tuvieron participación alguna en su nacimiento, tardaron mucho en interpretarla y justificarla . Una parte de los socialistas le dio las espaldas, simplemente.
En "Socavones de angustia" los obreros van a la huelga buscando poner remedio al pésimo trato que recibían en materia salarial e inclusive en lo referente al suministro de artículos en las pulperías. Cualesquiera que sean las motivaciones de la huelga, inclusive teniendo en cuenta la participación de los agitadores venidos ex-profeso para desencadenar conflictos sociales, ésta no puede menos que concentrar a todos los explotados de una región, incluyendo a sus familiares (no únicamente a los sindicalizados), para lanzarlos a la batalla tras un objetivo único: vencer a la patronal .
La huelga transforma radicalmente a los obreros, les permite encontrarse a si mismos, convencerse de que su potencialidad arranca de su organización unitaria. Lo más importante de la huelga radica en que desencadena la capacidad creadora de la clase. Los trabajadores normalmente muestran muchas facetas conservadoras: respetan a la ley, a la autoridad, a la propiedad. Estallada la huelga, en horas, en minutos, todas las creencias y los prejuicios tradicionales son echados por la borda y aparece íntegro el proletariado como una posibilidad de arrasar con el régimen de la propiedad burguesa y toda su superestructura. Es en este momento en el que los explotados aparecen como revolucionarios no tienen nada que defender en la presente sociedad, como luchadores convencidos de que en la batalla sólo pueden perder sus cadenas. Los obreros timoratos, cautelosos, remachados a la pasividad por sus obligaciones familiares y de todo tipo, se tornan en la huelga en otra cosa: en osadía, en desprendimiento, en desprecio a la vida, en síntesis, en puñado de nervios tensos buscando aplastar despiadamente al enemigo.
La huelga permite reflotar posibilidades e influencias aparentemente imperceptibles. En los haelguistas mineros de nuestro país surge en primer plano el ancestro indígena con todas sus consecuencias; las consignas que ha ido sedimentando la prédica política .
Nada de esto está en "Socavones de angustia", no es casual que la clase obrera esté ausente de la novela, aunque por sus páginas desfilan innumerables mineros, algunos de ellos magníficamente retratados.
El marxismo en Bolivia había ya vivido parte de su existencia en el lapso que culmina con la guerra del Chaco. El movimiento obrero, los sindicatos, la suerte misma de los trabajadores, no se puede explicar al margen de esta poderosa tendencia ideológica y política. Toda la historia de la evolución de la clase obrera puede resumirse en la transformación del marxismo de corriente que comenzó trasladándose de la universidad a los medios obreros, en pensamiento palpitante y actuante, que va de los socavones hacia la pequeña burguesía en general y hacia los intelectuales en particular.
Ramírez Velarde parece esforzarse en fotografiar un momento estático de la explotación minera, para él ni la industria extractiva ni la actividad de los trabajadores constituyen procesos en constante mutación. La huelga se la presenta como la inevitable derrota que va a arrastrar una secuela interminable de desgracias para los trabajadores y sus familiares. Ciertamente que la huelga puede acabar en la derrota y casi siempre eso ocurre. Sin embargo, la victoria de la clase, que tiene que entenderse como la eliminación de la explotación del proletariado, se prepara recorriendo un largo camino sembrado de derrotas . La clase obrera Po se limita a levantarse una y otra vez, sino que cada vez que se incorpora a la lucha lo hace partiendo del nivel alcanzado por su experiencia en la caída precedente. En la huelga y en la derrota, es donde la clase obrera se forma, se templa, se endurece, madura políticamente para poder alcanzar la victoria final. La huelga y la derrota son elementos inherentes a la vida y a la lucha de los explotados.
Todo lo anterior se explica a través de la comprensión de la tesis central de Ramírez Velarde: la educación de los obreros mineros constituye el camino de su liberación y sería una forma de revolución, gradual, pacífica, subterránea, que no trae sinsabores, ni desencadena masacres Y la conclusión emerge por si sola: hay que alfabetizar y educar a los obreros mineros en lugar de politizarlos. El primer sendero es el de su liberación; el segundo conduce a la perdición de los trabajadores.
Aquí el problema está planteado con las patas arriba. La experiencia ha demostrado que la alfabetización universal no constituye un pre-requisito imprescindible para hacer posible la Revolución; contrariamente esta última permitirá que la cultura alcance a las grandes masas. Ni siquiera la politización de los explotados utiliza como canal propio el alfabeto; aquellos adquieren los rudimentos de su conciencia de clase a través de lo que hacen con sus manos, de su experiencia cotidiana y no mediante la lectura de folletos de propaganda. Alfabetización y politización siguen caminos diferentes. A pesar de todo, el dominio de los principios del marxismo y la creación teórica, no pueden darse al margen del alfabeto.
Podríamos responder a Ramírez Velarde que la tarea primordial para libertar a los trabajadores consiste en politizarlos y organizarlos y que los planes alfabetizadores son ideados, las más de las veces, con fines distraccionistas.
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